martes, junio 29, 2004

FressCo

A mediados de junio comenzó en mi calendario laboral la jornada intensiva. Está pintada de color amarillo y es una época muy esperada durante todo el año porque te puedes echar la siesta. También comes en casa y dispones de más tiempo para poder hacer lo que te parezca. Nadie está en contra y, pese a que mis ojeras acusan los madrugones con unos tonos oscuros realmente impactantes, cada mañana los compenso con cuatro cafés antes de las once.

Si la jornada intensiva tiene algún inconveniente, éste es que hay días en los que llega la hora de marcharse y aún no has terminado tu trabajo, porque las mañanas cunden muy poco. De esos días, un 95% decides dejar el asunto para el día siguiente y el 5% restante coincides con alguien que está en tu misma situación y te convence para que te quedes a comer y, así, seguir trabajando un rato por la tarde. Cuando tomo yo la iniciativa, directamente suplico para que no me dejen solo.

La semana pasada me quedé con N. y decidimos ir al Fresco. El Fresco es un restaurante tipo buffet libre que está en la calle Sagasta y su tarjeta de presentación es que está especializado en ensaladas y pasta por un precio bastante razonable. Al resto mis compañeros no les hace demasiada gracia y, después de haber ido un par de veces cuando nos enteramos de que existía, nunca más se supo de él. En cambio, N. y yo tenemos mucha química con este sitio y no nos apeteció dejar pasar esta ocasión tan buena para acercarnos por allí. Además, estamos en verano y ¿qué mejor idea que comer de ensalada?

UNA VEZ EN EL FRESCO

Te pones a la cola y te pillas una bandeja, un plato, cubiertos y servilletas. Colocas todo esto en esa carretera para bandejas que tienen todos los buffet y arrancas.

En el Fresco disponen, y hablo de memoria, de unos veinticinco boles-palangana con distintos productos vegetales para confeccionar tu ensalada. Por mi naturaleza ansiosa yo soy de los que no dudo en incorporar cada ingrediente que va surgiendo en el recorrido y, claro, al cuarto bol ya estoy usando el tenedor para crear nuevos huecos en mi plato. Cuando, hace ya tiempo, decidí liberarme del concepto de ensalada bidimensional y me apunté al de la ensalada multicapa, el problema quedó resuelto sin mayores complicaciones y obtuve un grado de satisfacción muy alto.

Pese a este éxito, no existe forma posible de evitar el reto de los tomatitos cherry. Su fantástico efecto explosión al morderlos los hace indispensables, en un número no menor a diez unidades, en toda ensalada de cierto nivel. Esto resulta incompatible con la ubicación del producto al final del recorrido y la saturación del plato a esas alturas del trayecto. Si fueran otro ingrediente cualquiera, sería fácil construir una montañita con ellos coronando la ensalada, pero resulta que carecen de la propiedad del apilamiento. De hecho, es fácil comprobar como la gente sin experiencia trata con cuidado de imitar las obras de Escher a la hora de colocar sus tomatitos cherry, consiguiendo únicamente que salgan rodando o botando por todo el restaurante. Mi táctica consiste en dejarlos para el final, comerme dos o tres mientras me los estoy sirviendo, para calmarme un poco, y clavar el resto por presión en la ensalada, de uno en uno. Otra rotunda victoria asegurada.

Tras comerte tu creación, que en cualquier otra situación serviría para alimentar a unas cinco personas, te planteas el tema de probar la pasta. Lo lógico sería tomarse un café y olvidarse de ello, pero si vas acompañado por alguien no es difícil hacer un esfuerzo. Te coges un plato nuevo y aquí no ha pasado nada. La última vez, cuando fui con N., la cosa se desarrolló así en el estand de la pasta:

N.: ¿Qué nos ponemos?
D.: Deberías probar los espaguetis con salsa de queso.
N.: Vale

(nos servimos espaguetis con salsa de queso)

D.: ¿Qué me dices de un poco de pizza?
N.: fffff....
D.: ¿Ni un poquito para probarla?
N.: Paso, paso, estoy que reviento
D.: Lleva palmitos, mira
N.: ¿Palmitos?...

(trozo de pizza de palmitos para cada uno)

D.: ¿Eso que es?
N.: Parece revuelto de gambas y ajetes
D.: Muy rico no?
N.: Si que tiene buena pinta
D.: Coge un poco más de pan

(cucharada de revuelto en el plato al instante)


Por supuesto, nos lo comimos todo.

Al final, nos dejamos llevar por la cordura y paramos ahí. N. y yo nos miramos y valoramos la posibilidad de atacar un postre, aunque finalmente nos echamos atrás y nos despedimos sólo con un café para no estropear nuestra jornada laboral de la tarde. Pese a estar completamente de acuerdo con la decisión tomada, si echabas un vistazo a las composiciones que habían diseñado algunos, te llegabas a asombrar de la altura que podía alcanzar un trozo de pudding con unas cuantas vueltas de helado de máquina convenientemente enrolladas por encima. El problema es que, más que empacho, lo que se sentí al verlo fueron unas tremendas ganas de superarlo. Era enfermizo.

Sólo decir que he comprobado cómo las ensaladas se han rebelado, y que no queda mucho tiempo para que los torreznos se conviertan en los ex-reyes de las calorías.

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